Las Malvinas y la terquedad británica

A 30 años del conflicto del Atlántico Sur, Reino Unido y la Argentina deberían haber tenido la capacidad de conversar diplomáticamente las diferencias que los separa desde hace mas de 200 años y que llevó a una guerra que nunca hubiese tenido lugar si la democracia hubiera regido la vida de los argentinos. Pero la realidad no siempre sigue la lógica.

La Argentina, pacientemente y pacíficamente, ha intentado una y otra vez acercar posiciones con el Reino Unido. Ha sido, en cambio, solo la terquedad británica la que ha bloqueado sistemáticamente toda posibilidad de dialogo en una actitud claramente irresponsable y extremadamente desilusionante. Han preferido, en cambio, la opción de establecer un clima de continua confrontación a través de sucesivos actos de provocación de difícil razonabilidad y sensatez.

No es fácil comprender tanta obstinación salvo por el hecho de carecer de bases sólidas para sostener la continuidad de una situación colonial y aprovechar los beneficios potenciales económicos que puede ofrecer el archipiélago, tanto en lo que hace a pesca como a hidrocarburos. Los débiles derechos británicos sobre el sector antártico puede ser otra razón.

El refugio argumental para hacer valer tanta intransigencia ha sido el reiterado recurso a apelar a los derechos de autodeterminación de los residentes británicos de las islas. Esa insistencia desmesurada pretende poner a los habitantes de las islas en un pie de igualdad con los pobladores de otros territorios que, a diferencia de las Islas Malvinas, estaba constituida por nativos originales de esos territorios. La situación claramente no es la misma. No tiene el mismo fundamento, ni jurídico ni político, otorgar igual derecho de autodeterminación a su propia gente trasladada del mismo Reino Unido que hacerlo con una población originaria. En particular cuando hubo, además, un desplazamiento de los argentinos que vivían allí a la violenta llegada británica.

De hecho la defensa de ese principio de autodeterminación, en esas condiciones, es en sí mismo un fraude al mismo principio que dicen sostener como si fuera sacrosanto. Constituye claramente un uso abusivo del principio reconocido en la Carta de Naciones Unidas. Lo razonable, en cambio, es el enfoque argentino que sostiene siempre en la necesidad de tener en cuenta los deseos de los residentes de las islas. Eso supone reconocer su modo de vida y respetar su idiosincrasia. Puede haber otras cuestiones a tener en cuenta y que es probable que Buenos Aires pudiera considerar con atención.

Lo inaudito es la falta de voluntad política de conversar diplomáticamente y de explorar posibilidades. A pesar de los numerosos y sucesivos actos de provocación, sean estos militares, técnicos en materia de pesca e hidrocarburos como políticos, la Argentina ha sido clara en los objetivos pacíficos para encarar una búsqueda de solución a las diferencias. No ha habido acciones militares de intimidación ni provocaciones argentinas. Presentes o futuras. Solo ha existido por la parte de Buenos Aires una activa diplomacia transparente que transmite con insistencia la voluntad a la negociación.

Es hora que Londres lo entienda y aproveche ese espíritu. Es de esperar también que la presencia de un futuro monarca cumpliendo un destino militar en las islas le permita ver lo absurdo, y en ocasiones patética, de la posición de su país y entender la necesidad de adoptar un comportamiento concordante con las normas civilizadas que reclama la comunidad internacional y en particular las Naciones Unidas.



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