Europa está descubriendo una realidad que convierte en obsoleta muchas de las estructuras básicas comunitarias como los objetivos políticos que le dieron nacimiento. El Tratado de Lisboa, a dos años de su firma, ya parece anticuado. El corazón del esfuerzo a superar es el euro. La nueva premisa sería que no habría estabilidad sin un sustento común en el euro y eso representa, entre otras cuestiones, la necesidad de establecer una común disciplina fiscal y distintas velocidades entre los 27 miembros de la Unión Europea que podría dividir en dos a la zona del euro.
Alemania y Francia siguen siendo los cimientos del sostén de la Unión Europea. Naturalmente, ese esfuerzo supone que aspiran a imponer criterios económicos, cuando no políticos, junto con otras exigencias hacia un gobierno económico común entre los 27 integrantes de la Unión. Sin embargo, no todos comparten ese mismo propósito ni están preparados para que el futuro sea solo lo que Alemania y Francia aspiran. Los intentos por reflotar a la Unión Europea van en distintas direcciones en particular en contra del directorio de hecho establecido por el protagonismo entre Berlín y París.
Sin embargo, la burocratización de la Unión Europea y la lentitud en la toma de decisiones, en alguna medida, justifica el planteo de Alemania y Francia. La difícil situación exige soluciones rápidas. Eso implica, entre otras cuestiones, que Bruselas asuma la cabeza de un Gobierno común, con un Presidente elegido por sufragio universal, con la consecuente capacidad de sancionar al miembro que no cumpla con sus obligaciones tanto presupuestarias, fiscales o de otro tipo. Un tema a todas luces complejo.
Sin duda esa visión representa un verdadero desafío en momentos que la crisis europea ha puesto a prueba a la democracia misma del viejo mundo. Grecia e Italia son dos ejemplos pero de hecho la crisis de ha llevado a cuestas ya cuatro gobiernos. El reemplazo de políticos tradicionales por tecnócratas, como en el reciente caso italiano, puede tener efectos en el sistema político. La falta de confianza de los mercados en los partidos políticos puede afectar la base de la democracia representativa en Europa. Esta situación, de extenderse, podría ser peligrosa ya que la tecnocracia y la democracia no siempre van de la mano. Tampoco con la defensa de las libertades individuales de los ciudadanos.
En este marco, Europa vive incertidumbres que largamente supera lo financiero. La crisis está demostrando ser esencialmente política y de liderazgos. Buscar soluciones en tecnócratas, como respuesta a los mercados y otros índices económicos, ignorado la voluntad popular de la democracia solo puede acarrear desgracias mayores. Europa ya las experimentó en el siglo XX y es de esperar que no las repita en el XXI.
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