
Washington se encuentra sorprendida y afectada por la difusión de información secreta sobre la guerra de Afganistán. Sin embargo, bastaba navegar por internet para advertir lo que revelan los 92.000 documentos confidenciales dados a conocer por Wikileaks. No era necesario llegar a los detalles de esa filtración para confirmar esa información. Era obvia y se encontraba entre líneas en las notas periodísticas. Surgía también de las palabras elegidas de los propios comunicados oficiales de los países involucrados.
El primer impacto fue la información sobre excesos graves en las operaciones militares que costaron la muerte de miles de civiles afganos. Sin embargo, la secuencia de noticias diarias sobre supuestos accidentes de civiles dejaba al lector la sensación de que algo incorrecto estaba ocurriendo. Los métodos de la guerra no parecían tradicionales en virtud que la obsesión por el aniquilamiento de los talibanes reemplazaba a la estrategia militar.
La ciudad de Mandahar, centro espiritual de los talibanes, fue un ejemplo de ese accionar. Inicialmente se había anunciado la ocupación militar de la ciudad y después su postergación con la excusa que se esperaba a las fuerzas regulares afganas. Mientras tanto operaban grupos comandos ejecutando a presuntos insurgentes tal como lo había adelantado el New York Times al informar sobre la contratación de empresas privadas integradas por ex agentes de inteligencia.
El segundo shock fue la información secreta del Pentágono que pone en evidencia que la guerra no puede ser ganada. Otro dato ya conocido y que había sido anunciado por el propio General McChrystal antes de su destitución. De hecho, era una información que estaba en poder del propio Presidente Barack Obama y que prefirió ignorar embarcándose en una estrategia militar similar a la de Lyndon B. Johnson respecto de Vietnam.
El tercer estremecimiento fue el comportamiento sospechoso de Pakistán respecto a los talibanes. Esa actitud que tanto impresiona en Washington, era igualmente notoria. Tampoco era necesario encontrarse en el teatro de operaciones para percibir la situación. Bastaba con seguir el pensamiento de los dos partidos mayoritarios y el comportamiento de las fuerzas armadas pakistaníes para saber que Pakistán no estaba dispuesto a encarar el problema talibán como los Estados Unidos lo hacían en Afganistán. De hecho, la reciente Conferencia bipartidaria en Islamabad estaba por acordar el reemplazo de la confrontación con los talibanes pakistaníes por una estrategia de negociación y pacificación nacional.
Lo que los documentos demuestran es lo obvio. El impacto o el shock de Washington es que la información sea puesta en conocimiento público con tanta crudeza. Infoputual lo venia advirtiendo en sus distintas notas como lo hacían otros centros de análisis del estado de la guerra. Es hora que haya ocurrido y que la opinión pública estadounidense y europea tenga la última palabra sobre el comportamiento de sus propias autoridades sobre la conducción de la guerra y sus consecuencias.
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