Estados Unidos e Irán tienen interpretaciones opuestas de las sanciones

Las sanciones impuestas a Irán con el voto favorable de los cinco Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas son vistas por Estados Unidos como una victoria diplomática. El Presidente Barak Obama destacó que demuestra, entre otras cuestiones, el aislamiento en el que se encuentra Teherán ante la persistencia del programa de enriquecimiento de uranio al 20% y al no cumplir con los compromisos asumidos en los acuerdos de salvaguardias con el OIEA conforme al Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares.

Iran, en cambio, lo considera como una derrota de Washington por no haber logrado el voto favorable de todos los integrantes del Consejo de Seguridad. La votación dividida, dos negativos (Brasil y Turquia) y una abstención (Libano), sin duda reduce la efectividad y el impacto de una medida punitiva. El mensaje carece de la contundencia que otorga la unanimidad.

Es de lamentar que eso haya ocurrido. El programa nuclear de Iran es una amenaza concreta a la seguridad internacional. No existe ningún justificativo técnico, actual o futuro, que pueda fundamentar racionalmente la necesidad de enriquecer uranio al 20% si no estuviera relacionado con intenciones proliferantes. En ese contexto, una resolución de Naciones Unidas que no cuente con la fortaleza de representar a toda la comunidad internacional podría agravar la situación y envalentonar a un régimen que ya tiene un hábito provocador.

Una cadena de circunstancias desafortunadas han llevado a esta situación.

Por un lado, la obsesión de Estados Unidos por buscar una señal de castigo en lugar de aprovechar como una oportunidad el esfuerzo diplomático de Brasil y Turquía por un intento de solución. Aunque la propuesta fuera parcial, merecía haber sido utilizada para que Irán enmendara intenciones. Sin embargo, Washington prefirió ignorar esa posibilidad y concentrar la atención en lograr el apoyo de Rusia y China a la propuesta de sanciones. El planteo de Estados Unidos fue de blanco o negro. Tanto Moscú como Beijing tuvieron que elegir y la opción quedó del lado de la necesidad de preservar el dialogo estratégico con Washington.

Por otro,  el desafío no calculado por Estados Unidos de dos países dispuestos a jugar una carta de prestigio aunque representara un enfrentamiento. Turquía con su voto negativo sumó un nuevo eslabón de la política de pretendido liderazgo islámico donde la máxima de “problemas cero” con los vecinos era el estandarte. La situación creada recientemente con el caso Gaza completó el cuadro de sus objetivos inmediatos. La movidas de Ankara fueron estratégicas y podrían de relieve su cansancio ante el postergado ingreso a la Unión Europea, la disposición de probar los límites de su pertenencia a la OTAN y reemplazar la relación preferencial que mantenía con Israel por una de mayor integración islámica.

Los objetivos de Brasil parecen, en cambio, más reducidos y resulta complejo entender el voto negativo. Se trataría de desafiar por desafiar. El propósito sería demostrar que puede cumplir el papel de potencia emergente independiente y capaz de intervenir en problemas estratégicos globales en un pie de igualdad con los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. El menaje era uno de prestigio.

Los fundamentos estratégicos de Turquia, independientemente de lo que se opine al respecto, responden a ecuaciones de poder regional. Las de Brasil son más dificiles de sostener ante una situación tan grave para la seguridad internacional como la de Irán. Hubiese sido distinto si hubiese elegido desplegar las aspiraciones de independencia de criterio en otro tema de la poblada agenda internacional. En el caso Irán, por las consecuencias en términos de proliferación nuclear, no le hizo un favor a nadie, ni siquiera probablemente  a su propio prestigio.



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