
Las actuales circunstancias internacionales, tanto financieras como políticas, estarían anunciado que nos encontramos en el epicentro del inicio de una nueva etapa de poder entre las naciones. Empiezan a delinearse las orientaciones y características internacionales de las próximas décadas después de la caída del Muro de Berlín y, consecuentemente, el inicio del siglo XXI en términos de realizaciones y aspiraciones.
Diversos factores describen la génesis de este nuevo ciclo. Algunos están relacionados con el avance geométrico científico y tecnológico, otros generados por la propia dinámica de la crisis financiera y muchos de carácter político y económico. La interrelación de todos ellos macarían los aspectos fundamentales de las sociedades del futuro y de un mundo que se planteara dividido entre los que se beneficien de manera inmediata de todos los efectos de la revolución tecnológica y de las nuevas ecuaciones de poder entre los Estados y aquellos que se resistan a los cambios preservando sus visiones nacionales. Los primeros vivirán en el siglo XXI y el resto lo hará en términos más parecidos a los siglos XX o XIX.
Me ocuparé, en esta oportunidad, de la prognosis de algunos efectos de naturaleza política y que hacen al balance de poder entre las naciones y bloques de Estados.
Una primera observación de ciertas tendencias podría llevarnos a pensar que nos encontraríamos en una etapa donde los Estados nacionales, tal y como los hemos conocidos desde el siglo XIX, acepten ceder a mecanismos intergubernamentales prerrogativas sustantivas (i.a. soberanía, moneda, defensa) como fue ocurriendo principalmente en el marco de la Unión Europea. Eso implicaría asumir que podríamos encontrarnos ante un proceso de creación de nuevos bloques y que los temas centrales de las relaciones entre los Estados, incluyendo el comercio y su seguridad nacional, serán materia administrada entre esos bloques y con aquellos Estados que hayan optado por su vieja condición de Estado Nacional o que, por sus situaciones de tensión subregionales no hayan podido incorporarse a esa nuevo esquema internacional.
Una segunda consideración estaría dada por la situación internacional de Rusia desde el fin de la Unión Soviética. Las características de esta fase dependerían, en gran medida, del lugar definitivo que ocupe Rusia en el concierto de naciones. Asumo, por una variedad de factores, que lo hará siguiendo la lógica y la concepción europea. Una eventual incorporación de Rusia a la Unión Europea sería un factor sensible para la dinámica y arquitectura de ese nuevo mundo. Se podrían percibir las ventajas y desventajas que eso ocurriese. Serían, también, fácilmente reconocibles las advertencias que hacen al equilibrio regional de poder europeo en Berlín, Paris o Londres, por solo citar a ciertas capitales europeas. Las aversiones rusas, son igualmente imaginables. Sin embargo, habría que preguntarse si unos y otros tienen alternativas convincentes para sus propios intereses individuales o del conjunto. Además de los riesgos que puede significar para la seguridad internacionales, en particular la europea, la continuación de Rusia como actor híbrido.
Hemos sido testigos de la inteligencia europea en términos de acomodar rivalidades históricas y en su voluntad de continuar constituyendo un factor decisivo de poder económico y político en el diseño del nuevo mundo. Y, en particular, de obtener para sus sociedades los beneficios que pueden derivar de ese orden.
Si eso ocurriese, habría que preguntarse qué haría Estados Unidos. Puede haber muchas respuestas. Sin embargo, un primer análisis permitiría señalar que tendría que reconsiderar alternativas estratégicas para mantener las actuales ventajas tecnológicas, económico comerciales y, de darse el imaginario de una Unión Europea ampliada con la incorporación de Rusia, su supremacía militar. Surge, por lo tanto, la posibilidad que Estados Unidos avance en la consideración de nuevas visiones estratégicas y de conceptos inéditos que tiendan a proyectar su destino manifiesto a través de la creación de un bloque de naciones en una versión propia de la Unión Europea.
Uno podría reconocer con facilidad la resistencia que el concepto tendría en el ciudadano medio y en muchos estrategas americanos. El carácter de la historia de Estados Unidos y la supremacía y autosuficiencia obtenida son factores que requerirán maduración. Sin embargo, si se tiene en cuenta lo que representaría e implicaría, en términos de poder entre las naciones, un mapa del mundo con una Unión Europea + Rusia, no sería descartable que hasta Estados Unidos tengan la capacidad de reorientar sus estrategias conocidas hasta hoy.
En ese cuadro, habría dos áreas a las que orientaría su atención primordial. Una de mayor complicación política, la asiática, y otra, de contexto más flexible, la hemisférica. Esta última, la de una alianza con América Latina, le ofrecería la ventaja de la asimetría de desarrollo, la ausencia de rivalidades estratégicas y, fundamentalmente, la de recursos naturales. El tema población y sus efectos conexos sería otra derivación que respondería a sus intereses.
En este marco, un proceso inédito hemisférico, más allá de las particularidades que ofrecen en la actualidad tanto Cuba como otros países de la región, podría ser el signo de las próximas décadas, aun cuando resulten hoy difíciles de imaginar. Su forma eventual dependerá, en última instancia de las características de la nueva ecuación este-oeste y de la diversificación de poder en Asia. En este contexto, hasta no sería sorprendente que esa visión hemisférica tenga que considerar la situación de Australia y Nueva Zelandia.
En la estructura de ese mundo hipotético, el balance de poder en Asia constituiría la cuestión de mayor complejidad ya que constituye la región de los mayores desencuentros y rivalidad económico-tecnológica. Una Unión Europea + Rusia la pondría a China en la defensiva. Los restantes actores asiáticos relevantes desde el punto de vista económico, científico tecnológico y militar, plantearan los interrogantes del futuro y definirán el contenido de las nuevas amenazas internacionales.
Una América Latina dividida en tres subregiones, como existe actualmente, tendrá siempre una serie de limitaciones insuperables que la postergaran en sus aspiraciones esenciales sean estás en términos de inclusión como de industrialización. Ni UNASUR o MERCOSUR podrían tener mayor significación en un mundo que alterara sustancialmente las ecuaciones de poder que existen en la actualidad.
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