Brasil se levanta mientras Argentina sigue dormida

La balanza de poder en América del Sur se sigue inclinando en una sola dirección. Brasil logró desequilibrar la ecuación al ampliar de manera sustantiva su protagonismo en todas las aéreas centrales y posibles de influencia, dominando la economía y las finanzas de la región y desarrollando una presencia militar incontestable. Los dos procesos de integración regional, Mercosur y Unasur, fueron funcionales a ese propósito ante el desconcierto geopolítico de los restantes Estados miembros. 

Venezuela intentó asomar la cabeza con un liderazgo de ideas que rápidamente se evaporó. La formación militar de su Presidente tampoco podría convertirla en un país con capacidad militar preocupante. Venezuela nunca será en América del Sur lo que fue, para Brasil, la Argentina del siglo XIX y XX.

Chile carece de dimensión salvo por la proyección de sensatez que transmiten sus gobernantes. El resto de la región acepta con inteligencia y modestia la presencia que le otorga su discreta geografía.

El único país con capacidad potencial de desafiar el papel unipolar del Brasil en América del Sur sería eventualmente la Argentina, entre otras cosas, por su dimensión económica y tecnológica. Sin embargo, Argentina no parece querer volver a ser Argentina.

En ese marco Brasil camina en soledad asistido por un horizonte sudamericano sin tropiezos sustantivos inmediatos salvo aquellos que surgen del hecho de ser aun la región con mayores desigualdades y exclusiones sociales. En ese contexto, Brasil se va convirtiendo, como aspiraban los bandeirantes, en América del Sur. 

El mundo empieza a percibirlo. Recibe a Brasil como potencia emergente, integra los llamados BRIC y va logrando afirmar la sensación térmica multilateral que puede eventualmente ocupar un sillón permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a través de una política exterior de un poco de cal y abundante arena.

Lo que Brasil no logró todavía es conservar la imagen estratégica de permanente bonhomía. Últimamente la ambición de pensar en haber logrado su ubicación imperial, fue afectando o reemplazando esa simpatía por una actitud más severa y en ocasiones más agresiva. 

El mundo y América del Sur evidentemente cambiaron y Argentina debería actuar en consecuencia. No se trata de repetir falsos y absurdos antagonismos ni competencias regionales inútiles. Se trata, en cambio, que en el año del Bicentenario y después de cuarenta años de estar dormida, la séptima geografía del mundo vuelva a ser la Argentina.

 



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