La segunda década del siglo XXI muestra un escenario global
en estado de parálisis para resolver equilibrada y responsablemente los
problemas centrales que aquejan al mundo. Crece un clima de incertidumbre ante
la ausencia de liderazgos lúcidos y ante el desvanecimiento de un sistema
multilateral capaz de ofrecer soluciones. La crisis financiera y económica es un ejemplo donde el Banco
Mundial, el FMI o la Organización Mundial de
Comercio brillan por su ausencia. La falta de acuerdo en materia de cambio
climático, es otra manifestación de la incapacidad global de adoptar decisiones
urgentes.
Lo mismo se podría decir
en lo que hace a los principales problemas políticos que hacen a la
seguridad internacional. El gasto militar y las compras de armamentos no se
detienen y ninguno de los principales conflictos, sea Afganistán, Irán, Corea
del Norte o la diversidad de circunstancias en el Medio Oriente, logran un
tratamiento diplomático que permita pensar en soluciones razonables en el corto
plazo.
Las principales potencias militares y económicas siguen sin
alentar un dialogo capaz de disminuir las asimetrías que las separan. La
economía más importante del mundo, Estados Unidos, enfrenta un problema
financiero nunca antes visto. La segunda economía, China, es el principal
tenedor de la deuda norteamericana y mantiene con Washington un clima de
desconfianza con contactos bilaterales reducidos.
La carrera de armamentos, convencional y de armas de
destrucción masiva, continúa en un espiral de desarrollos tecnológicos nunca
antes conocido. En materia de armas nucleares, Estados Unidos y Rusia han
prácticamente congelado las negociaciones prometidas tras un primer acuerdo que
marcó una esperanza hacia el desarme nuclear. El dialogo nunca se amplió a otros
poseedores de esas armas y el mundo cuenta hoy con 9 Estados que las detentan y
el riesgo que se amplié a 15 en los próximos años.
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se muestra
impotente para encontrar soluciones duraderas a pesar de ampliar, de manera
permanente, sus atribuciones y en ocasiones afectando principios esenciales de
la Carta de
Naciones Unidas. El recurso a la fuerza o a las sanciones ha reemplazado a la
diplomacia y el resultado es la adopción de resoluciones que reducen la
credibilidad del máximo órgano del sistema multilateral.
Existen muchos otros problemas igualmente graves que aguardan
solución. El hambre en África puede ser un ejemplo como lo es Haití para salir
de la tragedia que la aqueja. El panorama que no puede ser más serio y pone en evidencia la necesidad de
reestructurar de manera urgente el sistema multilateral sobre una base más
participativa. Todas las potencias, en particular las que les corresponde una
responsabilidad primordial por su nivel de desarrollo económico y militar,
deberían contribuir con mayor voluntad al fortalecimiento de las Naciones Unidas
y los organismos especializados del sistema. No hacerlo, será el mejor camino
para profundizar las diferencias y acentuar los conflictos.
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