
Haití conoció más calamidades en su historia que épocas de tranquilidad. La palabra bonanza nunca pudo ser aplicada desde la independencia hace ya más de doscientos años. Esclavitud en el siglo XVIII, un breve período de sueños imperiales a principios del XIX y más de cien años de dictadores concluyendo con la de los Duvalier en el XX. Caos político e institucional marca la primera década del siglo XXI. Los horrores de los desastres naturales fueron una constante que completa un cuadro de desesperanzas.
Según Foreign Affairs, Haití ocupa el puesto 12 de 60 Estados considerados fallidos. En desarrollo humano se encuentra entre los últimos diez Estados de los 192 que componen Naciones Unidas. Es el más pobre de América. Transparencia internacional da cuenta del alto grado de violencia y el casi completo dominio del crimen organizado. Sin embargo, se encuentra a pocas millas náuticas de uno de los países más avanzados del mundo y desde hace años una fuerza de Naciones Unidas intenta contribuir a la estabilización del país. Los resultados habían sido lentos. De a poco se fue reestructurando un Estado con un perfil democrático y un cuerpo policial capaz de asumir algunas responsabilidades. Lamentablemente, el mandato del Consejo de Seguridad para la acción de MINUSTAH siempre fue limitado en lo operativo como en los objetivos.
La reciente catástrofe echa por tierra años de esfuerzos. Es de esperar que la brutal sacudida no haya alterado sustancialmente el amperímetro político y el Presidente Preval no se vea demasiado cuestionado cuando los escombros se asienten. La estabilización de Haití pasa ahora por ver si la comunidad internacional es capaz de instrumentar un sistema de apoyo que permita sacar a Haití de la pobreza endémica en la que se encuentra. La solidaridad no debería desvanecerse una vez que las necesidades de auxilio no sean tan requeridas. Resulta esencial establecer un plan de cooperación y asistencia económica y de infraestructura, al estilo Plan Marshall, para que Haití cuente con las bases mínimas que le permita iniciar un período sustancialmente diferente.
Resulta indispensable iniciar ese proceso a la brevedad una vez que pasen los efectos del drama reciente. Es posible hacerlo, solo se requiere voluntad política. Se necesita también capacidad de gerenciamiento. Es en ese punto donde Naciones Unidas debería concentrar el esfuerzo para poder aprovechar los diversos instrumentos financieros disponibles para obras de infraestructura como sacar mejor provecho de las eventuales ventajas comerciales a la que podría acceder Haití. El desafió es convertir un Haití económicamente sustentable. Existen formas y medios para hacerlo, incluyendo en particular en el sector turismo al contar con una de las geografías más atractivas del Caribe.
La Asamblea General de las Naciones Unidas, junto con la Organización de Estados Americanos, debería convocar con carácter urgente a una Conferencia Internacional para la Reconstrucción de Haití. Además de ser una obligación de la comunidad internacional, vale la pena el intento al ser una nación americana que reclama ser incluida en la sociedad hemisférica.
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